Columna personal

Susurro de los molinos de viento XXXVII - Silabario para el más allá

El hombre llegaba en cada atardecer para sentarse en la misma vereda, justo en la casa de don Humberto Rojas, el almacenero que siempre estaba a la expectativa detrás del mostrador, ávido de clientes, así lo conocí, Norma. Entonces, acaso yo habría alcanzado los cinco años, cuando apenas era una gota, tú ni siquiera nacías. Ese almacenero tenía fama temible de carero, quizás por eso tuvo ciertas posibilidades durante toda su vida. Austero, ¿vivía con alguna hermana? Nunca lo supe bien, Norma. Se me antojaba una persona solitaria que había sepultado los sentimientos en algún sendero de su propia existencia, pero los tuvo y seguramente disfrutó de esa relación aunque haya sido por un tiempo. Propietario de un local surtido, a veces con mercaderías que los demás no tenían. Recuerdo que se podía recorrer toda la calle larga, saliendo desde La Planta, buscando algo especial, podía no haber en ningún negocio pero quedaba la posibilidad de hallarlo donde Humberto Rojas. Si él no tenía, el interesado solo tenía que bajar por esa calle de tierra, de nombre Riquelme, cruzar el estero que pasaba seco casi todo el año para llegar donde don Plácido Gallardo, ahí quedaba el almacén más surtido de toda la zona. Ese lugar lo frecuentaba gente de los alrededores de Punitaqui. Afuera, en plena callecita –bien angosta- había un par de árboles, ahí los campesinos amarraban los burros, los caballos y los mulares.

Don Plácido era un veterano solterón (primo de don Juan Gallardo, dueño de La Esmeralda), quien también vivía con una hermana o dos, no lo puedo precisar. A diferencia de don Humberto, al parecer nunca abrió las puertas al amor. Así murió, sin mujer, sin hijos. La esquina de Humberto Rojas era un punto estratégico, privilegiado para contemplar el panorama pueblerino en esas tardes melancólicas, apacibles hasta el tedio pero no para los punitaquinos quienes sabían que ése era su pueblo, que así había que sentirlo, vivirlo, desde que nacían hasta que iban a parar al cementerio. Hubo viejos que jamás dejaron Punitaqui, ahí se hallaba su mundo, ese mundo que puede tornarse infinito para aquellos que lo recordamos a través de la distancia. No pasa ese sabor tan especial que existe en Punitaqui, único en esa larga y caprichosa geografía chilena. En esas tardes en la esquina de Humberto Rojas, solamente con caminar unos metros, estaba la otra esquina de don Juan Navarro, había parroquianos para las dos esquinas y se me ocurre que en ese entonces poquísimos habrán conocido a Punitaqui, con el tiempo las cosas fueron diferentes. El almacén de Humberto Rojas se hallaba al frente del Hotel Buenos Aires. Pero ahí no terminaba el panorama, esa calle de tierra por un costado del hotel, se extendía hasta el cerro, por donde el caminante podía ir mucho más lejos, donde no había casas, solo montañas menores con caminos tortuosos, churquis y quiscos (cactus) que siempre han existido en los cerros que rodean a Punitaqui. También desde el almacén de Humberto Rojas uno podía continuar por la calle recta hacia el norte y toparse con el callejón de los Rojas, entiendo que así lo llamaban. La esquina de Humberto Rojas era como un pequeño ramal de calles que coincidían en un punto: la calle Caupolicán, Riquelme y Carrera, esta última equivalía como a la cola del barrio de Abajo. Conocí a unos cuantos de esos moradores, más no a todos. No frecuentaba ese sector, salvo si había alguna fiesta en cualquiera de esas casas, si eso ocurría, los bohemios nos dábamos maña para rondar la vivienda y esperar a que nos hicieran entrar, cuando ello ocurría solo éramos los paracaidistas que aportábamos con esa energía de la juventud y una “garganta de pasadizo” por donde entraba como un torrente cualquier líquido que se fuera a la cabeza.

Pero justo, Norma, en la vereda de la esquina de Humberto rojas, se sentaba Grineldo Araya, el antiguo compañero de escuela. Se me antoja que ahí, silenciosamente, meditaba, a lo mejor posando una mirada indefinida. Quizás hacía un recuento de su vida, repasaba aquellos episodios que le decían de cosas que se dieron y también de aquellas incumplidas. El hombre callado, el mismo que caminaba con los pies hacia afuera, igual pienso que llegaba a todas partes o a ningún punto fijo si nos ponemos a escudriñar en su modesta existencia. El Grine meditaba, por su mente pasaban como una película con superposición de planos, las escenas familiares que en definitiva eran su propia realidad. Recordaba a Fidel, su padre, el hombre del carretón con ruedas de goma, aquellas de vehículos desechados que nunca más rodarían por las calles de alguna ciudad. Las ruedas que el carretonero parchaba cuando pinchaban o se abría un hueco por culpa de un clavo o un pedazo de piedra filuda que no faltaban. El transportista de otros tiempos que se ganaba la vida acarreando bultos que no le pertenecían hasta alcanzar un destino cercano, pero demasiado lejos cuando se daba cuenta del sacrificio que ello significaba, enorme para el poco dinero que recibía. Su único compañero fiel era el burro que soportaba todos los soles y también el frío cuando era necesario, el burro que no decía nada, solo agachaba la cabeza y tiraba la carreta, halaba porque así lo exigía su dueño. El burro, acompañante de todos los caminos.

El Grine meditaba en esa esquina, donde daba la impresión de que ahí comenzaba a vivir la calle larga. Por allí ingresaban los camiones en la década de los años cincuenta, cubiertos de polvo o una carpa cuando llovía, esos carros que viajaban hacia el sur, con intenciones de alcanzar la gran ciudad, pasaban por la calle Caupolicán para continuar hasta Los Mantos, Manquehua, Combarbalá, Illapel y así sucesivamente, cuando a lo mejor la Panamericana aún no cobraba vida. El Grine había crecido respirando el polvo callejero, soportando la baja temperatura invernal, experimentando la brisa y el calor veraniego. En la esquina del Hotel Buenos Aires se formaba una gran poza en época de aguaceros y ahí jugábamos todos, Norma, ventajas tenían los niños que andaban a pies pelados y dificultades los que iban calzados, yo para no ser menos, con zapatos y todo solía meterme al charco y eso, por supuesto, costaba la reprimenda. Recuerdo que si transitaba un camión cargado, levantaba un oleaje y continuaba su rumbo, lejos, siempre hacia el sur. A veces los sentía pasar a la medianoche, entre sueños me lo imaginaba de color azul, no sé porqué en ese entonces éste era el que más llamaba mi atención, después venía el rojo o el amarillo. El ruido del motor de esos vehículos retumbaba en mis oídos y se metía en la almohada como arrullando mis sueños de niño.

El Grine creció pero nunca le motivó dedicarse a la actividad de su padre. El echó el ojo a los cerdos y se olvidó del burro que tiraba el carretón, le podía cortar pasto, darle un buen atado mientras el animal descansaba, pero no andaba junto a ese asno. Don Fidel Araya sí. El Grine quiso ir más allá, pensó en un oficio aunque fuera desagradable para algunos, el trabajo no denigra a nadie y Grine lo cumplía honradamente. El conocía de costillares, de arrollados y piernas ahumadas que después se convertirían en jamón, él sabía preparar un pernil, las prietas, el queso de cabeza, incluso la cabeza entera de un cerdo que solían rifar en algún festejo en los alrededores de Punitaqui o simplemente en cualquier baile popular. Primero se vendían los boletos y al final de todo, venía la rifa. Grineldo tuvo la escuela para despostar puercos en la chanchería de don Carlos Araya, hermano del Guatón Segundo y papá del Pobre Flaco, de nombre Gustavo, otro experto en chanchería, alto, blanco, mejillas rojitas, macizo, ligeramente barrigón, pelo ondulado con un pequeño mechón en la frente, amigo del grupo, de los Campitos, en esa chanchería a veces íbamos a rematar todos, yo siempre hecho el grande, demasiado metido, haciendo cosas de hombres. En esa chanchería Grineldo terminó de hacerse varón, ahí seguramente se hizo fortachón como lo recuerdo. A ese negocio llegaba por la mañana para ponerse las ropas tiesas y grasosas para luego permanecer todo el día en la faena, incluido el sopeo para los más amigos. Cuando no había chancho, iba a buscarlo a Camarico Viejo o cualquier otro caserío a la redonda del pueblo. En el local del Pobre Flaco, frente a frente de la competencia, el Grine conoció a Fantina. Ahí la enamoró, sin papelitos ni cartitas escritas con lápiz, simplemente la enamoró, hablándole bonito, pronunciando aquellas palabras que ella jamás había oído entre sábanas. El que fuese madre soltera no significó ningún obstáculo ni prejuicio, que el niño ajeno era grandecito tampoco importaba, el hogar que pensaba formar era de corazón amplio, alcanzaría para el pequeño que algún día sería hombre, junto con los hermanos, con los hijos que pensaba tener con Fantina. Grine jamás imaginó que con el tiempo, cuando ese chico creciera, no querría a su padre adoptivo. Frente a eso nada pudo hacer, tampoco él era dueño de los genes con los que había sido engendrado. Ese hijo extraño, Norma, hoy día convertido en hombre nadie sabe donde está.

En la esquina de Humberto Rojas, el Grine descansaba –Norma. Las reminiscencias se agolpaban en su mente, vislumbraba s sus hermanos, a su papá, don Fidel, el hombre de la carreta. Su madre, mujer sacrificada y bondadosa, capaz de hacer el bien a sus semejantes como manda la Biblia, la señora que siempre se preocupó de cuidar a los desvalidos, aquellos que ya no tenían parientes que velaran por ellos, pero doña Josefina Tapia sí lo hacía, sin medir las dificultades que hubieran. Ella fue quien cuidó al Ermitaño del rebaño de cabras en Viña Vieja, de nombre Floridor González, hasta que exhaló su último aliento. Eran hombres y mujeres de otros tiempos, Norma, desechados del mundo material pero enriquecidos por sus acciones, dispuestos a dar la mano al prójimo. Así era doña Josefina.

Mientras Grine repasaba las cosas de su propia existencia, sentado en la vereda, no imaginó que poco después la mujer de su vida, la que había sufrido tanto en esa casa por ser madre soltera, durante una temporada llegaría a usar muletas y que una enfermedad acabaría con ella. Eso Grineldo no alcanzó a sufrirlo porque ya no estuvo. Mientras Grine, el hombre que mató chanchos durante gran parte de su vida, meditaba acerca de su realidad proyectándose hacia lo retrospectivo, quizás pensando en la compañera abnegada que en ese momento estaba haciendo las cosas del hogar, repentinamente ocurrió lo sorpresivo. Yo estaba lejos, Norma, pero un amigo escribió una carta para contarme del triste y absurdo final de Grine frente al Hotel Buenos Aires. Un camión sin frenos que asomó de la calle Carrera, en ese punto donde se juntan varias esquinas, pasó de largo con Grineldo y todo. Hasta ahí llegó mi antiguo compañero de la escuelita que se llevó las lecciones del silabario al más allá.

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