Columna personal

Susurro de los molinos de viento XXXVIII - Calle de evocaciones

Esa calle dice de evocaciones, Norma. De épocas que pertenecieron al tiempo. Yo sé que Punitaqui ya no es el mismo, pero sigue siendo nuestro y ese pueblo nuestro, para nosotros es y siempre será diferente. Antaño respiramos el aroma auténtico de Punitaqui, sentimos la oscuridad de las noches apacibles cuando no había ladrones, cuando dejábamos las puertas sin llave, con la tranca falsa, a medio poner, solo teníamos que empujarla despacio para entrar sigilosamente al regreso de la farra, con la cabeza pesada por los efectos del pisco. Ningún extraño aprovechaba esa situación, nadie ingresaba a las casas, nada se perdía, y cuando más algunos –como para contar una hazaña inmensa pero tan pequeña- se metían a los huertos para hartarse con fruta ajena y salir con una bolsa llena. Se me ocurre que se cumplía lo que decía El Caco, que las mejores frutas son las de árboles ajenos. A cualquier hora se podía caminar por esa calle solitaria y no pasaba nada, Norma. La gente era bondadosa y compartía lo que tenía, el pan candeal, el mate, una limonada, una taza de té y pan con palta, era el momento ideal para el “trae y lleva”, el “cahuín”, eso como que formaba parte de la vida diaria. Comentar del prójimo junto al bracero con trozos de carbón enrojecidos en aquellas noches frías, alimentaba nuestra curiosidad por saber cosas de los demás, solo había que escuchar, era un increíble entretenimiento. En los meses de verano, sentados en la puerta de la casa cuando caía la oscuridad, dos o tres horas conversando, no se sentían. El “pelambre”, Norma, el pelambre, costumbre tan arraigada en los pueblos pequeños. “Peladora” y todo, la gente era sana, un poco pícara, pero sana. En este momento no se me viene a la memoria ningún personaje perverso.

En La Planta comenzaba la poca vida que existía en esa calle tan querida, era escasa pero sin medida para los punitaquinos. El mundo para todos ellos se tornaba infinito cuando de su pueblo se trataba. Los legítimos pobladores nacían allí y nadie quería salir de ahí. Solo la muerte los separaba del terruño y pensándolo bien, ni eso. El difunto se mezclaba con esa tierra punitaquina que tanto había amado en vida en un abrazo fuerte, al final, cualquier finado contaba con un pedazo de terreno en el cementerio, después solo quedaba el recuerdo de los deudos, las flores que de vez en cuando iban a dejar en la tumba de los muertos, al principio eran las lágrimas que remojaban la tristeza, luego tan solo quedaban las nostalgias impregnadas de añoranzas. Nunca se ha ido de mi memoria el día dos de cada mes de noviembre cuando los punitaquinos acudían al camposanto para honrar a los familiares sumergidos en el silencio perpetuo, era el homenaje respetuoso que rendía un tributo de sentimientos a quienes habían partido solamente con pasaje de ida, ya no necesitarían el de retorno, Norma. Después de recorrer el cementerio, generalmente por la tarde muchos iban a parar a Pueblo Viejo, a la quinta de la familia Castro, ahí como que la gente no sé si para olvidar o simplemente por una costumbre enraizada, se contagiaba del paganismo y bebía vino copiosamente y bailaba cuecas, boleros y rancheras. El llanto seco si era antiguo, lo remojaban con alcohol. ¡Pensar que ¡hace tanto tiempo que no vamos a ese cementerio, Norma!

La Planta se caracterizaba por un grupo de casas de construcción diferente, tengo la idea de que estaban hechas de madera y el infaltable techo de zinc. Un tiempo fue parte del apogeo del pueblo. Había molinos enormes y también varias chancadoras para moler metales en bruto, tal vez la piedra tal como salía del intestino de los cerros, antaño el ruido de esas máquinas gigantescas se oía día y noche, retumbaba en los oídos con un ruido monótono. En La Planta, en la parte de atrás, prácticamente en un punto que daba a un callejón que conducía a un viejo campamento que había albergado a muchas familias de mineros, un tiempo funcionó una romana grande donde pesaban a los camiones cargados de metal que venían de otros lugares, tal vez de Tamaya, luego de pasar por esa plataforma enorme, el carro completaba el resto de lo que significaba un largo viaje e iba a descargar el cobre en Los Mantos. Más arriba de esa balanza, como quien iba en dirección del pueblecito de Viña Vieja, continuando por ese mismo camino terroso por donde rara vez rodaba un vehículo, se alcanzaba la mina que llamaban El Farellón, en el trayecto existía lo que denominaban El Polvorín, con forma cóncava, de cemento macizo, tenía una puerta de hierro a la que ponían un candado, se bajaba por unas gradas a una especie de pequeño subterráneo, bastante oscuro, adentro no llegaba la luz del día, quizás alguna vez ahí almacenaban la pólvora y dinamita para trabajar en las profundidades de la tierra. Después El Farellón quedó abandonado, entonces el famoso polvorín, donde los niños de la escuelita decían que al pasar por ahí se oían voces extrañas, mezcladas con murmullos de ultratumba, también quedó en desuso, completamente vacío y hasta retiraron el candado del portón con barrotes de hierro. Ahí se acabó el miedo y el misterio porque cualquiera entraba a ese hueco. La Planta funcionó años con algunos administradores que sin duda tenían conocimientos técnicos, recuerdo bien a uno de ellos, don José Mardones, quien contrajo matrimonio con una de mis profesoras, la señora Nilda Pinto, oriunda de Paihuano. No pasó mucho tiempo y la pareja salió de Punitaqui. Nunca más volví a verlos, Norma.

En La Planta daba la impresión que estaba el inicio de la calle Caupolicán avanzando de sur a norte, del barrio de Arriba al barrio de Abajo. Al frente, un largo tiempo atendió al público las dependencias del Seguro Social, en una vivienda pequeña, ahí trabajaba el Chico Vallejo, también trabajó en calidad de jefe algunos años don Joaquín Boylet, más conocido como el Guatón Boylet, pesaba unos 120 kilos y en una ocasión hizo el papel payaso, vestido con ropas multicolores que no lograban disimular su físico descomunal, todos adivinaban la identidad por el volumen, muchos recordarán que el gordo bonachón participó en la función del circo punitaquino, que una noche veraniega presentó su debut en la cancha de básquetbol, frente a la plaza, en los patios interiores del antiguo Municipio. Creo que la familia Boylet había llegado del Norte Grande y se asentó un buen tiempo en el pueblo, conformada de varios hijos, me acuerdo de Iris quien se casó con Gabriel Astudillo, el de la panadería, no sé si también había una Myrna, una Doris, realmente no puedo recordar tantos nombres.

Junto a la casa del Seguro Social quedaba la vivienda de don Alfredo Días, propietario de un viejo camión Ford de color rojo, El Noble, posiblemente modelo 46-48, arreglado para transporte de personas y carga, echaba andar el motor a las 5 de la mañana y haciendo sonar un pito chillón, pasaba por la calle, a esa hora iba a buscar bultos y pasajeros a La Rinconada, al hombre no le faltaba el ayudante que el usuario llamaba cargador, generalmente un joven que se las entendía con los sacos y cosas pesadas.

Don Alfredo era un hombre alto, usaba pantalones gruesos, anchos, zapatos de cuero también recios, como su decisión de toda la vida de levantarse al alba para trabajar metido en su carro. Lo vislumbro de tez blanca, como que usaba una faja o un cinturón de cuero bien ancho para sujetarse los pantalones, o quizás tirantes de material elástico que se estiraba fácilmente (conocidos por suspensores), tan común en los viejos puntiaquinos. Casado con doña Margarita Pizarro, la veo más bien no muy alta, de pelo un poco crespo, algo canoso, tuvieron varios hijos, recuerdo más el nombre de las mujeres: Nely, Silvia, ésta muy atractiva, a Ruth la traté más, la compañera de escuela, el amor platónico de mi compañero Pepe, recuerdo que cuando creció Ruth y estuvo más allá de la etapa de la adolescencia, en alguna ocasión fui testigo de algo que me causó mucha gracia, durante una conversación con un par de personas, oí expresarse muy orgulloso a don Alfredo: “la Ruth está así, Don”, al mismo tiempo juntó las puntas de los dedos de su mano derecha. Era una expresión muy típica de Chile, lo que quería decir que su hija ya era toda una mujer, guapa, podía tentar a cualquiera. La chica era observadora, evoco la mirada de sus ojos, yo diría de color negros, silenciosa, hablaba poco. Parecía que por momentos dibujaba una sonrisa tímida en sus labios. La casa de don Alfredo era amplia, fachada bien mantenida, puertas altas y angostas pintadas de verde. El veterano, que también tenía un almacén de abarrotes, viajaba con su camión diariamente a Ovalle para volver antes de que cayera la noche, me parece verlo cuando estaba en pleno trabajo, se echaba el sombrero un poquito hacia atrás mostrando la frente sudorosa, luego empezaba a acomodar la carga que le pasaba el ayudante, en la carrocería de El Noble. A don Alfredo Jamás lo vi sin sombrero.

Ese camioncito creo que le hacía honor a su nombre, El Noble era demasiado noble. De repente don Alfredo lo vendió y apareció con un camión más grande, del mismo color, de medio uso pero más moderno, los cambios tenían marchas sincronizadas, por lo menos el modelo lo remozó en un par de décadas, mas el camión continuó circulando con el mismo nombre. Yo pensé que con ese vehículo el propietario acabaría sus días. Y creo que fue así, Norma, o al menos esa es la realidad para mí: no volví a ver El Noble, tampoco a don Alfredo Días.

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